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SE ACERCA LA NAVIDAD

Poco a poco se va acercando la Navidad. El próximo lunes ya estaremos en Nochebuena. No desdeño los cohetes, ni los dulces, ni el árbol, ni los regalos bajo el árbol, pero me centro, dentro de todas las celebraciones, en el Nacimiento que toda familia, que tenga muy claro que es lo que celebramos, instala en el lugar más entrañable de la casa.

Mis caminos no son vuestros caminos, dice el Señor en el Antiguo Testamento. Y desde luego a nadie que se pusiera a pensar cómo debería aparecer el Mesías, se le pudo ocurrir que fuera en una gruta y establo de animales, como un niño recién nacido. Un pobre niño en el lugar más pobre.

Pero así fue. Esa es la historia. No es un mito, no es una leyenda, aunque con el paso del tiempo se haya ido adornando de un aura suave e infantil que recuerda un poco a un cuento de hadas.

Tampoco nadie entre el mundo cristiano podría haber pensado en algunos aspectos que la Navidad tomaría a lo largo del tiempo cuando en el siglo XIII a San Francisco de Asís se le ocurrió, por primera vez, montar un Nacimiento para ayudar a su propia adoración y meditación.

La ingenuidad de San Francisco montó el Nacimiento de la sencillez: una imagen de la Virgen, una de San José, un Niñito Jesús y… ¡una mula y un buey vivos! Después fueron apareciendo representaciones con imágenes al interior de algunos templos. Pero ya con la cultura del barroco se extenderá a cámaras reales y aristocráticas, luego a la burguesía y por último al pueblo que lo monta con figuras de greda, de barro o de papel, construye el Portal con maderas y pajas y ambienta el paisaje con aserrín, arena, musgo, cartones y corcho, dándole su tono más apropiado de ingenuidad, pobreza y sencillez. Ha surgido todo un arte popular de la Navidad y se celebra con el bullicio alegre de los villancicos.

Pero también la Navidad se extiende a las Bellas Artes ocupando un lugar preminente en la pintura y escultura de la Historia del Arte. En la música, junto con los villancicos van apareciendo los coros infantiles y las canciones, con cierta solemnidad, dentro y fuera de los templos. Tampoco nadie podría haber profetizado que una de esas canciones, la alemana “Noche

de Paz”, se extendería, cantada en diversos idiomas, por todo el mundo.

Los caminos de Dios no son nuestros caminos y el sentido verdadero de la Navidad, -a pesar del esfuerzo para enterrarla bajo sus manifestaciones comerciales- sigue conquistando los corazones de los que saben creer en ese maravilloso acontecimiento donde Dios comienza a estar, como uno más, entre nosotros.

La Navidad nos habla del Emmanuel, del Dios con nosotros y aparece con toda la debilidad de un niño recién nacido precisamente para que no le tengamos miedo, para que le adoremos y le amemos precisamente en su debilidad, en su indefensión ante nuestra torpeza o nuestro maltrato. Si tú, lectora o lector, eres de los que viven la Navidad con Santa Claus -o ya sin Claus- con un Santa bonachón y bebedor, inventado por la Coca-Cola, si solo piensas en los regalos y en los compromisos sociales, eso es muy triste; no te has enterado.

Cuando Benedicto XVI dijo la verdad de que la mula y el buey no estaban en los evangelios, los periodistas mal intencionados montaron un escándalo farisaico. Yo pienso que esos dos animales están muy bien allí para los que no quieren enterarse de lo que es la Navidad. Están muy bien, son muy actuales, porque en el Antiguo Testamento, el profeta Isaías dice: El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende. (Isaías 1, 3). Entiende, al menos, el reproche de ese buey y ese asno.

Luis Fernández Cuervo luchofcuervo@gmail.com

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