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Reto por seguir viviendo

“Quisiéramos salvar más vidas, pero muchas veces, se nos es imposible, ya que lo único que nos queda es el recurso humano”, médico interno del Hospital San Juan de Dios.

Según el Ministerio de Salud, sólo 2 de cada 10 personas sobreviven luego de ser entubados, (llamase este proceso ambulatorio o respiración artificial) y padecer enfermedades obstructivas como pulmonares, neurológicas, cardíacas, etc.

Por: Rodrigo Zetino

El Hospital San Juan de Dios, el más importante de la ciudad de Santa Ana, y está lleno de interrogantes como: ¿Qué hacer con los pacientes que no pueden respirar por sí mismos si no hay suficientes ventiladores mecánicos? La respuesta es poner a un médico interno a bombear aire a los enfermos por horas, días o las semanas que sean necesarias. Esta es otra de esas historias en que el reto es el de seguir viviendo.

Un día normal de un estudiante de cuarto año de medicina de la Universidad Nacional de El Salvador, Facultad Multidisciplinaria de Occidente (UES-FMO), que por algunas materias tiene prácticas obligatorias para su carrera, las cuales las realiza en dicho hospital desde hace ya varios meses; meses en los cuales ha tenido que vivir muchas situaciones que jamás imaginó pasar en lo que sería su carrera de medicina.

Luis (como lo nombraremos para respetar su identidad), como todos los lunes se dirige hacia el hospital con su gabacha blanca que lo identifica como interno, además para poder ingresar al sanatorio, se presenta junto a sus demás compañeros para poder recibir órdenes sobre las tareas que se le asignan a cada uno; ese día, el doctor externo encargó a 12 internos que darían ambulatorio en sus horas turno, “nosotros habíamos estudiado que era eso y de que trataba, pero nunca lo habíamos practicado y anteriormente escuchamos que es algo delicado porque una vida depende de nosotros; el médico nos llevó a emergencias y dejó a unos, a nosotros nos dejó en segundo medicina hombres, donde no cabía un alma  más, cosa que no me sorprendía pues no era la primera vez que el lugar se mantenía así”, el doctor les encomendó 6 pacientes entre los cuales 2 padecían obstrucciones respiratorias, debían mantenerse entubados con respiración artificial y una enfermera estaba sentada al lado de la cama del paciente practicándole el proceso ambulatorio manualmente, apretando una pera de plástico con su mano para hacer llegar aire a sus pulmones; eso lo mantenía con vida.

El doctor ordenó que las enfermeras lo acompañasen a realizar el chequeo a los demás pacientes que atendía, y quedando a cargo los internos entre ellos Luis, para que les siguieran realizando la respiración artificial; Luis tomó la pera de plástico transparente y comenzó a apretarla cada tres segundos; sabía cómo manipular el ambulatorio y que el paciente moriría como un pez fuera del agua si lo dejaba de sujetar por cinco minutos; lo que desconocía es que pasaría las próximas tres semanas junto a esos pacientes  y que durante todo ese tiempo sería sus pulmones.

La situación del paciente se había complicado desde ese lunes, cuando los doctores notaron que le costaba respirar por sí mismo, necesitaba ser entubado y asistido por una máquina, un ventilador mecánico que controlara los volúmenes de oxígeno y aire necesarios para sobrevivir.

En el Hospital San Juan de Dios cada día se presentan al menos 6 o 7 casos que necesitan ambulatorio. “En el San Juan no se cuentan con esas máquinas respiratorias a excepción de la Unidad de Cuidados Intensivos, (UCI), por lo que siempre se tenía que improvisar una respuesta, la misma de siempre; “entubar al paciente a un ambú, que es un aparato manual, (laringoscopio),  conectado a un tanque de oxígeno por un extremo y a la boca del paciente por el otro y como enlace se coloca esta bomba que no sirve sin que alguien la esté apretando por horas. Durante el día y la noche. “Nunca se puede soltar el ambú”.

Acción que es realizada por estudiantes, externo 1, externo 2, e internos, que son los niveles de los estudiantes, externo 1 son de quinto año, externo 2 de sexto, internos de séptimo, estos últimos ya están devengando un sueldo. Los internos reciben órdenes por los residentes que son los que están cursando la especialidad, delegan y dicen lo que los externos e internos deben de hacer, y a ellos, les indican los médicos staff que son los que ya cuentan con una especialidad. Una jerarquización peculiar en un mundo donde se trata de salvar vidas sin importar quién manda a quién.

En esos pabellones del hospital, donde el umbral entre la vida y la muerte es borroso, tener un ambú en la boca hace ese límite más incierto, ya que todo depende de las manos de un interno; un doctor que muchas veces está soñoliento después de un turno extenuante, sin haber probado bocado alguno o que aguanta las ganas de ir al baño por horas.

Sin embargo, lo que hace más agónica la situación son las limitaciones del ambú. Una bolsa de ventilación para emergencias inventada por los doctores Holger Hesse y Henning Ruben en 1956, como su mismo nombre lo dice usada para emergencia únicamente. El ambú es utilizado a bordo de ambulancias y hospitales de primer mundo para trasladar a pacientes del quirófano a otras salas en cuestión de minutos, pero en el San Juan de Dios, ¡donde siempre hay menos de lo necesario!, se utiliza por días e incluso semanas.

El Dr. Arnulfo Duarte, jefe de la UCI del Hospital San Juan de Dios, dice que con el ambú se está soplando al paciente, inflando al enfermo, pero no se está oxigenando que es lo que necesita. “El ambú es bueno para emergencias pero usarlo por tanto tiempo va contra los derechos humanos del paciente y del médico interno, ya que, muchas veces ellos no sólo tienen una cosa por realizar; hay doctores que les asignan más de una tarea y, entre ellas, se encuentra dar ambú”, cosa que para él no es bien vista, pero se sienten cruzados de manos al no contar, primero, con el recurso necesario para comprar esas máquinas y así ayudar a los internos. “No es nada fácil dar ambú, ellos tiene la vida de una persona en sus manos y es sumamente delicado, el hecho de prestar atención y todo el cuidado y la concentración debida para que nada malo pueda pasar, sin duda, es un gran compromiso”.

“Aquí estamos a la buena de Dios haciendo una farsa de respiración artificial, probemos 15 minutos apretando un ambú a ver si no se nos duerme la mano. En la madrugada, los muchachos bombean el aire por ratos, por otros no, se duermen, si le caen encima al paciente, se lo terminaron, eso es humano y le pasaría a cualquiera”, dice Duarte.

Los internos hacen lo que pueden por mantenerse despiertos y seguir ambuceando. Algunos  se colocan sus audífonos y escuchan música a todo volumen, otros prefieren chatear con una mano en su teléfono móvil o hablar con el paciente que tienen al lado, hay quienes comen para superar el cansancio y unos más temerarios que se atreven a leer, sorteando el cansancio de la vista; cuando nada de esto funciona y se están quedando dormidos en el silencio de la madrugada, aparece una enfermera que los despierta, mientras ella cumple con las prescripciones de los otros pacientes

Duarte asegura que este problema siempre se ha tenido pero se agravó con el repunte de la violencia en los últimos meses, ya que cada vez se atienden más casos complicados en los que se necesita de ventiladores mecánicos para mantener a los pacientes con vida.

La jefa de residentes de medicina interna, Nicole Castaneda, asegura que no quisieran poner ese cargo en los internos, porque apenas ellos van comenzando en ese mundo, y ponerlos en una situación como esa no es nada bonito, pero se debe hacer así porque no hay recursos, lo único que tienen es a ellos, el recurso humano.

El Ministerio de Salud tiene un proyecto para incluir en el presupuesto máquinas de respiración artificial para el Hospital San Juan de Dios, un proyecto que tiene cinco años en espera de financiamiento y que por fin se materializaría el año entrante; de no ser así, todo quedará en buenas intenciones y en 2015 se podrá escribir relatos como este, que pasan todos los días al margen de la última masacre o de los cambios por frenar la violencia y corrupción en el país.

Castaneda tiene fe en que el proyecto se realizará, pero también es cauto; asegura que la demanda siempre superará a la oferta. “Nos remiten pacientes de todo el occidente, si saben que hay máquinas disponibles, por el momento sólo se cuentan con máquinas en la UCI, y puesto que son pocas camas con las que contamos, los pacientes que entran a cuidados intensivos son unos privilegiados; aquí se escoge al más recuperable, los demás pueden morir”, dice Castaneda con una cara de resignación.

Luis asegura que es difícil, ya que, cada alumno hace una hora de ambú, si el alumno está de turno se hace una lista y ve la hora que le corresponde, luego se la dan a otra persona sin un descanso.

“Lo difícil es que hay ocasiones que el interno hace más de una cosa a la vez, está dando ambú y con la otra mano escribiendo recetas a pacientes, sólo llevan una mesita y se ponen a escribir por saturación de trabajo”, expresó Luis.

Una persona normal puede dejar de respirar 7 minutos, antes de presentar Ipopsia (un colapso respiratorio), pero realmente  1 minuto con treinta segundos es lo necesario para que el cerebro detecte que no está llegando oxígeno, y enviar alerta a todo el cuerpo.

En un minuto depende la frecuencia para saber cada cuánto se debe apretar la pera de plástico, hay fórmulas menciona Luis, pero, es raro ver quién las utilice, es más al cálculo.

Han pasado casos como extubaciones de paciente, (el tubo que les pasa aire se sale de su boca o si está conectado directamente se sale de sus pulmones), y el alumno sigue dando ambú sin darse cuenta que el paciente está muerto. “Se dio un caso el que yo conozco que una interna no se percató que el paciente estaba extubado y siguió por 10 minutos dándole ambú, hasta que una enfermera se percató que la persona ya estaba fallecida”, comentó Luis con voz suave.

En el caso de muerte por descuido o saturación de trabajo, no pasa a más, al menos hasta donde Luis tiene entendido, y “dependiendo de quién tuvo el error, si él como externo no se percató que el paciente ya no estuviera con vida, entonces la responsabilidad cae sobre él, luego regañan al interno encargado de él, después al residente y así se podría llamar un regaño “jerárquico”.

Se le interponen castigos como duplicar sus turnos, más trabajo; si antes su turno era de 12 horas se lo pasan a 14, a esto aumentándole la regañada del doctor encargado, que, como dice Luis, la persona sale hasta llorando.

Todos los años ellos como hospital piden al Ministerio de Salud, que se les agregue los fondos necesarios para poder tener estas máquinas, cada una de ellas cuesta alrededor de 10 mil dólares, cosa que no es nada barato, pero aun así menciona, que tratan de hacer lo posible para poder salvar vidas; “nunca hemos recibido quejas o demandas por personas que mueren por descuido de internos dando ambú”.

En el próximo año se espera que el proyecto pueda contar con las máquinas al menos para sobrellevar esta situación, pero  como director del hospital se siente muy orgulloso del trabajo que los muchachos hacen. “Yo pase por eso, y no es nada fácil estar practicando respiración artificial”, menciona Gonzáles.

Elba Vázquez, tuvo a su padre unos días con ambú y ella se refiere a los internos como “ángeles”, “se ve el trabajo que ellos hacen con pasión no a la vale chonga como vulgarmente se dice, lo hacen comprometidos, y sin importar las horas que lleven haciéndolo, bromean con nosotros para que podamos olvidar el mal momento, sacan platicas y nos cuentan lo que pasan en la universidad; no se pueden imaginar el agradecimiento que ahora les tengo, mi padre pudo salir del ambulatorio y ahora ya se está mejorando y es una satisfacción saber que tenemos estas personas en los hospitales trabajando comprometidos con salvar vidas”,  externó  agradecimiento y felicidad en su rostro.

Esas bombas plásticas son lo que se tiene en un trabajo donde muchas veces no se admiten las esperas. Luis asegura que en este hospital donde muchas cosas parecen ir mal, también existen las recompensas, son cosas simples y que no tienen que ver con el dinero; el agradecimiento de los familiares y la satisfacción de saber que le pudieron salvar la vida a una persona con sólo pasar unas horas de sacrificio. “La manera en que nos desarrollamos me encanta, ya que aprendemos con dificultades pero, tenemos una satisfacción grande cuando con un chocolate o dulce o lo que la persona nos regale, muestran todo el agradecimiento por el esfuerzo realizado, eso nos salva el día”.

 

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