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Túnez, una advertencia para los gobernantes del mundo árabe

 

Las protestas de la población tunecina lograron expulsar del país al presidente; un suceso singular en el mundo árabe. Pero la falta de perspectivas de la juventud puede extender la crisis a otras naciones de la región.

 

Lo que ocurrió en Túnez es un suceso histórico y una advertencia para todo el mundo árabe. Los sucesos demuestran que la población puede levantarse contra un mandatario autoritario y corrupto, y que un cambio de régimen es posible sin intervenciones militares externas o internas, incluso sin el liderazgo de políticos opositores u otros actores de la sociedad civil.

En los blogs y foros de internet árabes se percibe una ola de simpatía por la juventud tunecina que debería poner a los gobernantes de la región en estado de alerta. La injusticia social, la corrupción y la represión política son fenómenos ampliamente difundidos en muchos países árabes. Y si a eso se suma el masivo desempleo de la población juvenil y la falta de perspectivas que lo acompaña, generando rabia, frustración y un profundo sentimiento de no ser valorado, se obtiene una mezcla altamente explosiva, sobre todo para una región tan conflictiva e inestable.

Túnez no es un caso aislado; en muchas sociedades árabes existen tensiones. Y en casi todas ellas, la juventud –que constituye prácticamente el sector mayoritario de la población– tiene el mayor potencial para protagonizar protestas. Argelia y Jordania ya fueron testigos de manifestaciones furiosas en sus calles, y también en Egipto se crean tumultos con regularidad. Otros países podrían ser los siguientes. Una dinámica tan difícil de controlar es algo que ningún Gobierno desearía confrontar.

El levantamiento de la juventud tunecina trajo como consecuencia la caída de un gobernante autoritario; eso es, sin duda, algo bueno. Pero en el proceso se perdieron vidas humanas y el destino del país a corto plazo se sigue viendo eclipsado por la incertidumbre. En el mejor de los casos, el de Túnez puede convertirse en un Estado democrático ejemplar, un modelo para sus vecinos. En el peor de los escenarios, el caos y el derramamiento de sangre pueden volver a amenazar a su gente.

De ahí que todos los actores de la vida nacional tunecina tengan en sus manos una gran responsabilidad, cuyo poder simbólico trasciende las fronteras del país magrebí. Las fuerzas remanentes del viejo régimen, la oposición, la sociedad civil y eso que llaman “la calle”; todos ellos tienen el deber de propiciar una transición de poderes transparente y ordenada. 

  Rainer Sollich, Redacción Árabe de Deutsche Welle.

 Debe quedar claro que el viejo régimen renuncia al poder y deja el camino libre para mayor libertad, mayor pluralismo y mayor justicia social. Pero también la violencia de calle debe llegar a su fin.

También Europa, vecina del Magreb y del mundo árabe, debe aprender varias lecciones de lo ocurrido en Túnez. La más importante: no debemos pretender mirar hacia otro lado cuando un gobernante que coopera estrechamente con la Unión Europea en materia política y económica viola los derechos humanos fundamentales –Egipto ofrece un ejemplo reciente– o manipula o desacata los resultados de las elecciones. El caso de Túnez deja claro que los regímenes autoritarios sólo pueden prometer una estabilidad engañosa.

Autor: Rainer Sollich
Editora: Claudia Herrera Pahl

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