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RELIGIÓN Y POLÍTICA NO SE MEZCLAN

ñoPor Mario Duarte.

     Si bien es cierto el artículo 25 de nuestra Constitución establece el libre ejercicio de todas las religiones, al mismo tiempo establece limitantes de carácter moral y de orden público, y ello es así porque ante todo, las religiones se profesan por personas en una sociedad determinada.

     Partiendo de dicha aclaración, es necesario efectuar una diferencia puntual en el ejercicio de las religiones.  Por regla muy general las religiones son credos formales y rituales que tienden a preparar a los creyentes para una vida ultra terrena mediante una serie de principios, valores y virtudes particulares o propias de cada religión, es decir, el ámbito de aplicación de una religión es únicamente en el arcano interior de sus creyentes y en su concepción de la divinidad y la espiritualidad ajenas a la temporalidad o a este mundo sensorial y terreno.  Con lo anterior no se quiere afirmar que los creyentes no puedan conducirse en la vida de acuerdo a sus creencias religiosas, sino simplemente que dicha conducción de vida no es aplicable a otros que no desean seguir dichas creencias y no pueden imponerse mucho menos por el imperio de la fe, la moral ni la fuerza.

     Establecido lo anterior, podemos notar entonces que la religión no debe ni tiene que regir la vida secular de los ciudadanos en sociedad, para dichos menesteres se han creado las leyes y el Estado. La Ciencias Políticas, el Derecho y la Filosofía Política desde hace un par de siglos, con la instauración de las primeras repúblicas modernas y de los derechos fundamentales de la persona humana, entre otras instituciones, en la cultura occidental han avanzado a estadios de mayor racionalidad en el fenómeno de la vida en sociedad y en dicha forma han logrado hacer ver que la razón y la fe son distintos instrumentos aplicables a realidades diferentes e incompatibles entre sí; es decir, la razón es el atributo del homo sapiens para lograr evolucionar intelectualmente y lograr vivir en paz y en sociedad haciendo dicha vida productiva, progresiva y eminentemente humana y la fe es la capacidad de creer en otra vida más allá de esta y en la existencia de un ser supremo sin haberlas comprobado o visto.

     Sí a estas alturas mezcláramos la religión con la política, retrocederíamos unos seis siglos atrás y de nuevo la humanidad se hundiría en la locura y el dogmatismo que generó monstruos como la Santa Inquisición y Guerras Santas que sólo trajeron desolación, estancamiento y barbarie al hombre.

      Gracias a la capacidad racional y civilizadora del ser humano, dichas épocas oscuras ya han sido superadas.  Distinto caso es el del Oriente Medio en el cual no se ha logrado alcanzar dicha racionalidad.  En muchos de esos países todavía el Islamismo y el Corán son las instituciones que rigen no sólo la vida religiosa de los creyentes, sino también la vida social y política de los ciudadanos.  Lo cual, independientemente de los principios y valores culturales distintos, a la luz de la racionalidad y de la humanidad, a estas alturas es condenable.

     En nuestro país el oficialismo ha mezclado de una manera sutil en sus inicios, y hoy abiertamente, la religión con la política, no sólo con la intención de convencer a la ciudadanía que son los elegidos para guiar al pueblo, sino  también con la finalidad de lograr más prosélitos para sus fines dictatoriales.  Al constatar dichos hechos, no queda nada más que afirmar que no hay peor y más reprobable acción en Ética, Moral y Política que utilizar la religión para aprovecharse de las personas tradicionalistas de escasa instrucción con fines proselitistas.

     Amén de lo anterior, el efectuar dichas acciones es sumamente peligroso porque puede desembocar en fanatismos religiosos y políticos como los surgidos en el medioevo y también en el Oriente Medio y llevar a desatar la violencia armada para fines de obtención del poder, lo que claramente prohíbe el artículo 7 último inciso de la Constitución al normar que se prohíbe la existencia de grupos armados de carácter político, religioso y gremial.

     Debemos recordar siempre aquella juiciosa oración o sentencia: “AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR, Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS” y evitar caer en el engaño de demagogos, populistas y réprobos.

     

     

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