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PONCIO PILATO Y LA VERDAD.

 

Nada esencial ha cambiado desde aquella primera Semana Santa, hace veintiún siglos, cuando Jesucristo fue crucificado en las afueras de Jerusalén y resucitó al tercer día. Los personajes de la Semana Santa son perdurables. La Iglesia Católica y las distintas congregaciones evangélicas siguen teniendo herodianos y fariseos. ¿Judas? Más de uno, también. Pero lo que más abunda ahora, en la sociedad civil, son los Poncios Pilatos.

Pilato tuvo ante sí a Jesús, el Verbo divino, la Verdad, y no supo verla. Jesús le dijo: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pero Pilato- posiblemente encogiéndose de hombros en señal de duda o de desprecio- contestó: “¿Qué es la verdad?”. No esperó la respuesta y se marchó a hablar de nuevo con los jefes de los judíos.

Ninguna verdad ni justicia interesan ahora, si ello supone sacrificar altos intereses personales. Seguimos igual. El pensamiento “políticamente correcto” está siempre muy dispuesto a crucificar cualquier verdad. Pregúntenselo, si no, a la OEA, a la Asamblea General de la ONU, a su Fondo de Población, a la UNICEF, a la OMS, al Presidente Obama, a nuestro presidente y a muchos de nuestros diputados.

En la anticultura dominante de la muerte, hablar de verdades produce escándalo y, con frecuencia, cólera intensa. Para ella, toda verdad profunda es poco útil y peligrosa; compromete importantes intereses económicos y

políticos. Esta cultura de la muerte detesta toda verdad. Cuando le conviene, hace ondear la bandera del Relativismo, para someter y adormecer a las masas en una multitud de opiniones subjetivas hasta el cansancio y –como en Babel- “la confusión de lenguas”. En cambio cuando lanza sus campañas millonarias tratando de ganar nuevos adeptos para sus insistentes mentiras –salud sexual y reproductiva, derecho a la fornicación, incluyendo el sexo homosexual, derecho al aborto, etc.- toda idea opuesta, sentencia, es un peligroso atentado a la democracia y el progreso.

“¡Ninguna verdad es absoluta!” publicaba hace tiempo, en su contraportada, un periódico de izquierda marxista. No se daban cuenta de que, entonces, esa tajante afirmación tampoco tenía valor absoluto. Era sólo una opinión nihilista que se ahorcaba con sus propias palabras. Tampoco se percataban de que asumir como bueno el escepticismo relativista era acatar las consignas que vienen de la cultura de la muerte, regida por los capitalistas que ese marxismo pretende denunciar y combatir.

El Papa Benedicto XVI no vacila en señalar la importancia de vivir o renunciar a la verdad. Ya lo había escrito, cuando solo era Cardenal en su libro “Cooperadores de la verdad”. Una y otra vez señala allí: Sin verdad

no se puede obrar rectamente. La voluntad de verdad, la búsqueda humilde

de la verdad, la disposición permanente a aprenderla es el supuesto fundamental de toda moral.”(…) No vivir en la verdad de nuestro ser significa dos cosas. En primer lugar, perder el norte y, en consecuencia, extraviarse. Cuando el mundo se cierra a Dios y se separa de Él, es como un planeta fuera de su campo gravitatorio, vagando sin rumbo por la nada. Es como una tierra en la que ya no brilla el sol y en la que la vida se extingue”. (…) La renuncia a la verdad es el núcleo esencial de nuestra crisis”.

Hoy, con la alegría de la Resurrección de Cristo, podemos decir, también con Benedicto XVI: “porque cada hombre, pobre o encumbrado en las alturas, enfermo y afligido, inútil o valioso, nacido o no nacido, incurablemente enfermo o rebosante de vida, lleva en sí el aliento divino, es imagen de Dios. Ese es el fundamento más profundo de la inviolabilidad de la dignidad humana, sobre el que, por lo demás, descansa en última instancia toda civilización”.

Luis Fernández Cuervo luchofcuervo@gmail.com

 

(para publicar el lunes 9 de abril, 2012)

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