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Opinión: ¿Salvar al mundo mediante el aislamiento?

Este no fue un buen año para el libre comercio. Parece acercarse el final de la globalización. Puede parecer una buena noticia, pero no lo es, afirma Henrik Böhme.

Que acabe la globalización supone, por ejemplo, que Adidas vuelva a traer su producción a Alemania. Podría parecer una buena noticia para la economía alemana, pero no lo es. Donald Trump ganó las elecciones con la promesa de devolver a Estados Unidos los puestos de trabajo trasladados en China o México. Eso también suena bien para, sobre todo, los desempleados estadounidenses. Pero tampoco es una buena noticia. ¿Por qué?

Esa gran palabra, que describe ambos procesos, la globalización, se ha convertido los últimos años en todo un grito de guerra. Pero la interconexión de la economía mundial, la producción transfronteriza o el comercio internacional no son invenciones capitalistas neoliberales radicales. A mediados del siglo XII, los comerciantes alemanes comprendieron que para los negocios era mejor permeabilizar las fronteras. La unión hanseática podría entenderse como el primer tratado de libre comercio del mundo. Desde entonces, el comercio mundial y la interdependencia no han hecho más que aumentar.

Boehme Henrik Kommentarbild AppHenrik Böhme, redacción de Economía de DW.

Muchos procesos productivos se han trasladado a países en desarrollo, pero también es verdad que la globalización ha ayudado a salir de la pobreza a mil millones de personas. Y en los países industrializados los bienes y servicios se han hecho más asequibles gracias a ella. Igualmente indiscutible es el lado negativo de la globalización: duras condiciones de trabajo en los países pobres y desempleo en los desarrollados. De estos obtuvo el voto Trump con la promesa de devolverles sus puestos de trabajo. Pero el movimiento silencioso contra el libre comercio viene de más atrás, desde el estallido de la crisis financiera en 2007. Aunque en cada reunión del G-20 los países industrializados se comprometen a promover el comercio y reducir barreras comerciales, está ocurriendo todo lo contrario.

Los políticos prefieren proteger sus economías. La palabra tabú es ‘proteccionismo’, ningún ministro de Economía alemán la pronunciará cuando se prohíba la adquisición de una empresa tecnológica por parte de un inversor chino. Se aducirán problemas de seguridad o regulaciones de producción. Una especie de proteccionismo sutil.

Tampoco es nuevo. Pero 2016 podría recordarse como el año en que empezó el fin de la globalización. Las protestas contra el prácticamente enterrado acuerdo de libre comercio entre la UE y Estados Unidos fueron el símbolo del movimiento anti-globalización. Sacó a miles de personas a las calles. Contra la masacre en Alepo no ha protestado nadie.

Sombrías perspectivas

El proteccionismo, como muestra la experiencia y puede que Trump tarde o temprano cumpruebe, puede traer éxitos a corto plazo. ¿Quiere que el iPhone sea de nuevo “made in USA”? Pero, ¿de dónde vendrán las materias primas? ¿Y a qué precio? ¿Quién se las podrá permitir?

No, el fin de la globalización no es una perspectiva positiva. Ni para los países industrializados (desde luego, en absoluto para un país exportador como Alemania) ni para los países en vías de desarrollo. La historia económica muestra que las barreras comerciales lastran la prosperidad. El mundo necesita mucho más un sistema de comercio justo que una espiral de medidas proteccionistas. Y no: los acuerdos bilaterales tampoco son una solución, ya que siempre son una limitación frente a terceros.

La planta piloto de Adidas en Ansbach, de fabricación robotizada, presenta una característica crucial: apenas tiene empleados. Que sus deportivas vuelvan a ser “hechas en Alemania” no es buena noticia ni para los trabajadores de Vietnam, donde se realiza mucho trabajo manual, ni para los de aquí. Pero dice mucho acerca de lo que se nos viene encima.

Fuente/DW

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