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MIGRACIONES-EL SALVADOR: Remesas eran las de antes

CHIRILAGUA, El Salvador, feb (IPS) – La depresión que se extiende por el mundo ya comenzó a pasarle factura a este pequeño poblado salvadoreño de la costa del océano Pacífico. Es que muchos de los lugareños emigrados a Estados Unidos comenzaron a reducir los envíos de dinero a sus familiares.

Por Raúl Gutiérrez 


 Las remesas para Chirilagua, con 20.000 habitantes y una cantidad igual que emigró en los últimos años principalmente a Virginia, Houston, Nueva York y Los Ángeles, se convirtieron en un “patrimonio” que no sólo permitió a muchos sobrevivir sino que cambió de raíz sus patrones culturales, un fenómeno que se ha repetido en otras zonas del país.

Otrora habitada en su mayoría por agricultores dependientes del caballo para sus tareas y caracterizados por usar sombrero y botas, la zona ahora muestra a sus nuevas generaciones montando bicicletas, usando gorra, bermudas y sandalias, mientras sus vidas transcurren sólo a la espera de la ayuda mensual de sus parientes en el exterior.

“Casi toda la población recibe remesas”, lo cual ha traído una “transculturización profunda” de sus conciudadanos, confirma el alcalde José Méndez, quien ha gobernado Chirilagua por cinco periodos consecutivos desde 1994.

“Hay mucha gente que ha cambiado la agricultura por las remesas”, añadió ante IPS el locuaz gobernante de 71 años.

Pero esa realidad ahora comenzó a cambiar, según observadores, ya que las remesas de dinero, catalogadas como “un bastón” para la economía local, reportaron un enlentecimiento de su expansión en 2008, La primera señal de este tipo desde que se comenzó en 1995 a llevar registros.

El sociólogo y experto en temas de emigración y remesas Juan José García indicó a IPS que, si bien los flujos de los envíos globales de remesas crecieron el año pasado 2,5 por ciento respecto de 2007, el declive es notorio si se compara que en 2004 aumentaron 17 por ciento en relación al año anterior.

“Se vislumbra una crisis; la tendencia es que las remesas van a disminuir sustancialmente en 2009 y 2010”, en torno a tres por ciento del total recibido hasta ahora en El Salvador, sostuvo García.

El Banco de Central de Reserva (BCR) reportó que, entre 1998 y 2008, las remesas se triplicaron hasta llegar a 3.787,7 millones de dólares, la mayoría de las cuales procedieron de Estados Unidos, donde se estima vive 90 por ciento de los 2,9 millones de salvadoreños que residen en el exterior, gran parte de ellos sin la documentación requerida.

Ese monto representó 17,1 por ciento del producto interno bruto de este país, que tienen 5,7 millones de habitantes.

Cifras oficiales señalan que 381.700 familias son receptoras de dinero del exterior, agrupando un total de salvadoreños que llegan a 26,7 por ciento de la población. Esos aportes son destinados principalmente a la alimentación, vestido y pago de servicios básicos.

El BCR reconoce que las remesas decrecieron entre 2,1 y 6,6 por ciento entre agosto, cuando se registró el quiebre para dar paso luego a la crisis económico-financiera mundial, y noviembre pasado.

Una de las víctimas de la depresión originada en Estados Unidos es María Hernández, quien sobrevive de la venta de tortillas (arepas) en la plaza central de Chirilagua, ubicada 175 kilómetros al oriente de San Salvador.

Sus dos hijos residentes en el oriental estado estadounidense de Virginia, Jamileth, quien emigró hace cuatro años, y Antonio, que lo hizo hace siete, no le envían desde octubre pasado los 400 y 500 dólares mensuales como solían hacerlo, debido a que en estos últimos meses ambos trabajan sólo de forma parcial.

“El envío de remesas se ha detenido; afortunadamente yo estoy acostumbrada a trabajar desde los siete años”, dijo esta madre soltera de 55 años, mientras coloca una tortilla sobre una plancha caliente, que sus hijos le compraron en mayo como regalo del Día de la Madre.

Hernández, como le dijo a IPS, ahora afronta “dificultades para pagar los 100 dólares mensuales de su casa, ya que la venta de tortillas es sólo para comprar alimentos” y el pago de servicios básicos, y confesó que la compra de ropa pasó a segundo plano.

Reportes periodísticos indican que el desempleo de la población activa procedente de América Latina alcanzó a 12,4 por ciento en el occidental estado estadounidense de California, la tasa más alta en los últimos 40 años. En esa zona vive la mayor parte de los salvadoreños, que en general trabajan en la construcción, servicios, comercio y turismo, los sectores más afectados por la recesión.

Datos de la Dirección General de Migración y Extranjería señalan que más de 20.000 salvadoreños fueron deportados de Estados Unidos en 2008, como resultado del mayor control aplicado por las autoridades estadounidenses, indicó Gilma Pérez, coordinadora del programa de Migrantes del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana.

Pérez también estimó que esas medidas contra los extranjeros y la profunda crisis que afecta a ese país ha desmotivado de forma temporal la emigración, haciendo que el número de salvadoreños que viajan a diario haya disminuido de unos 700 a 400.

En Chirilagua, mientras tanto, unas 100 personas llegan varios días a la semana a retirar sus remesas de entre 50 y 200 dólares de la cooperativa de ahorro y crédito La Guadalupana, narró Abisahí Romero, empleado de esta entidad que funciona desde hace 10 años, ahora asociada a Western Union, la firma transnacional estadounidense de servicios financieros y transferencia de caudales.

Desde hace unos meses, sin embargo, ha sido “notable la disminución de personas que reciben remesas y los montos que envían”, aclaró Romero.

Es más, en lo que va del año han registrado al menos “10 casos” en los que muchos lugareños de Chirilagua y de sus alrededores han procedido al revés, es decir a enviar dinero a sus familiares en Estados Unidos, para así ayudarlos a soportar los efectos de la depresión.

Algunos de estos envíos alcanzan hasta los 1.000 dólares, producto de los ahorros de los “hermanos lejanos” como se les conoce en la zona a los emigrantes, que los mantenían en bancos o en cuenta de fondos de familiares con cierta solvencia económica.

Rosalía Márquez, propietaria de un salón de belleza en Chirilagua, indicó que desde hace seis meses vio mermar en 60 por ciento sus ingresos.

“Ha disminuido bastante; si no hay remesas no hay trabajo”, se quejó la cosmetóloga, quien se vio obligada a despedir a sus dos empleadas, y sostuvo que muchos de sus clientes le han confiado que han dejado de recibir remesas.

En tanto en el vecino pueblo de Intipuca, las máquinas de juegos, casas suntuosas con detalles estadounidenses, vehículos lujosos y agencias de viajes conviven con la violencia juvenil y la pobreza que acecha a sus residentes.

La única huella visible al orgullo salvadoreño es una estatua ubicada en la plaza central y dedicada a Sifredo Chávez, el primer salvadoreño en residir Estados Unidos a comienzos de la década del 80 y que luego ayudó a familiares y amigos a emigrar.

Para José Rodríguez, un campesino de 72 años que vive solo tras la emigración de todos sus familiares, lamenta que las remesas se hayan vuelto “escasas”, pero no pierde la esperanza de que El Salvador experimente un cambio que traiga oportunidades para que sus habitantes dejen de irse a otro país, en referencia a las elecciones presidenciales del próximo 15 de marzo

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