LUIS FERNANDO CUERVO: Sobre la violencia contra las mujeres

IR  A  LA  RAÍZ  DEL  PROBLEMA.

          «Nunca quieres “agotar la verdad”. -Unas veces por corrección. Otras –las más-, por no darte un mal rato. Algunas, por no darlo. Y, siempre, por cobardía. Así, con ese miedo a ahondar, jamás serás hombre de criterio.» (Camino, n°33).

Añado yo, para lo que ahora me ocupa, que ni hombre, ni mujer, ni país encontrarán solución a cualquier problema si los abordan con  un criterio de superficialidad, de pereza mental y cobardía o descriterio moral. Ahí está la causa de que los problemas se compliquen y se eternicen. Siempre  estamos agarrando el rábano por las hojas. Nunca se va a la raíz.

 Caso típico: aumenta la violencia contra las mujeres. Solución acordada en El Salvador: castigar con muchos más años de cárcel si la victima de violencia es una mujer  que si es un hombre. ¿Pero no dicen que la pena de muerte no disminuye la delincuencia? ¿Y va a solucionar  una larga pena de cárcel la violencia contra las mujeres? Piensen, reflexionen. ¿Dónde está la raíz del problema? ¿Dónde la solución?

Vayamos a la historia. Es de tradición indígena que el marido le  pegue a su mujer, como castigo aceptado. También en la tradición de algunos países islámicos: “Cuando vuelvas a tu casa, pega a tu mujer; ella ya sabrá por qué.” Todavía recuerdo al ingenuo europeo que trató de impedir que un chileno –no indígena- siguiera azotando a su esposa en plena vía pública. Respuesta de la mujer: -¿Y usted, a qué se mete? Si él pega, en lo suyo pega.

No fue ésa la tradición europea. En la ruda Edad Media, donde el “deporte” varonil mas frecuente era el guerrear a vida o muerte, las mujeres educaron a los toscos varones en la galantería, en los refinamientos cortesanos, en las buenas maneras, en la elegancia y sobre todo en la defensa y el respeto por las damas, casi hasta la idolatría. Es la época en que surge el “amor cortés”, que algunos ahora llaman, erróneamente, amor romántico. Fueron años donde creció el culto a María, la madre de Jesús, el aprecio a su virginidad y a su maternidad, años donde recibió el nombre de Notre Dame, Nuestra Señora, y donde todavía nos saluda sonriente desde el pórtico de tantas de sus catedrales.  

Desde su comienzo, el cristianismo consideró a las mujeres iguales en dignidad espiritual y humana que los hombres, pero es en la Edad Media donde pudieron adquirir propiedades, crear comercios y pequeñas industrias, sin permiso de sus maridos. Fue también cuando hubo santas con un prestigio social tan fuerte como el de Genoveva que exige a Clodoveo, rey de los francos, que se bautice antes de dejarle entrar en París. Y serán Santa Catalina de Siena y Santa Brígida de Suecia las que convencerán al Papa para que deje Francia y vuelva a Roma. Habrá monjas que gobernarán, a la vez, un convento de mujeres y otro de hombres, sin problemas. Habrá abadesas –como la de las Huelgas de Burgos- con un poder espiritual, económico y territorial mayor que el de muchos nobles y obispos. El hombre admira a la mujer, la ama y la respeta.

Con el Renacimiento y el auge del Derecho Romano –donde la mujer carecía prácticamente de derechos- las mujeres fueron perdiendo su anterior independencia económica pero se mantuvo hasta el siglo XX el respeto, defensa y cortesías de los hombres hacia las mujeres. Y todavía, en la primera mitad de ese siglo, se siguió viendo, como virtudes femeninas muy valiosas, su virginidad, su fidelidad conyugal y su maternidad.

El movimiento feminista ha vuelto a conquistar derechos políticos y  económicos para ellas y a valorar positivamente el trabajo profesional de las mujeres fuera del hogar. Los derechos laborales de las mujeres deben todavía perfeccionarse. Pero no lo conseguirán siguiendo las ideas del viejo feminismo radical norteamericano, sino adoptando la postura de las actuales feministas europeas. Ellas no quieren igualitarismos injustos, sino una discriminación laboral favorable, con la que puedan mantener sus empleos sin renunciar a sus derechos maternales. Tienen muy claro que son diferentes a nosotros los hombres y por eso aciertan al exigir un trato diferente a lo que es diferente. Porque la justicia, ahora y siempre, es dar a cada uno lo suyo; no a todos por igual. La no discriminación a ultranza, el igualitarismo, es un grave error.

Si las mujeres pretenden igualarse a los hombres, en un ambiente machista y descristianizado, practicando los mismos viejos vicios varoniles (tabaquismo, alcoholismo, libertinaje sexual e infidelidad conyugal), si desprecian las virtudes cristianas, entre ellas la castidad, la fidelidad y la generosidad maternal, entonces, por mucho dinero, propaganda, burocracia y dureza penal, que se emplee, la cobarde violencia de los hombres contra las mujeres seguirá aumentando.

Luis Fernández Cuervo                             luchofcuervo@gmail.com

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