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LUCHO CUERVO: UN CABALLERO DEL FÚTBOL

Alegra ver y poder comentar alguna buena noticia. En medio de tanto hecho desagradable, tanto crimen, tanta corrupción, tanto cinismo en el mundo político, tanta ordinariez estética y bajeza moral en los espectáculos públicos, de repente aparece la grata sorpresa de un suceso lleno de agradecimiento, de generosidad, de limpia alegría y de conmovedora humanidad. Así ha sido para mí contemplar en Internet el cálido y multitudinario homenaje de despedida que el club alemán de fútbol, Schalke 04, le dio al jugador español Raúl González Blanco.

Ahora no es el caso de escribir sobre los récords deportivos (partidos, goles, campeonatos, trofeos, etc.) que coronan la larga vida deportiva de Raúl en el Real Madrid y en la Selección española de fútbol. Mi actual alegría ha sido contemplar como fue ese homenaje, la abrumadora gratitud de los que lo daban y la humildad emocionada del que lo recibía. Y con ello recordé algunos aspectos magníficos de la personalidad de Raúl. Primero, su deportividad en el terreno de juego. Buen compañero y buen adversario siempre.. Nunca recibió una tarjeta roja y si alguna rara vez fue sancionado con tarjeta amarilla lo fue, no por la patada o zancadilla traicionera, sino por protestar alguna decisión del árbitro que le pareció injusta. Vivió con sencillez y humildad los triunfos y con algo más: en cada gol anotado, mientras lo celebraba corriendo, besaba en su mano su anillo de matrimonio, muestra de amor perenne por su esposa. Otros celebran los goles con burlas groseras hacia los espectadores del equipo contrario. Ante las derrotas, Raúl supo asumirlas sin acusaciones amargas y rencorosas contra el vencedor. Puro fair play. Fue siempre un magnifico ejemplo de los valores y virtudes que debe tener todo buen deportista.

En el Real Madrid, Raúl fue el ídolo de todos los merengues por su capacidad goleadora durante muchos campeonatos, hasta que, entrando en

los treinta años de edad –época difícil para todo futbolista-, fue poco a poco relegado, haciéndole jugar en posición distinta de la suya, la de hombre-gol. No se quejó. Lo aceptó y batalló, apoyando el juego vistoso de los otros. Pronto muchos de los aficionados lo tacharon de acabado. Entonces tomó una prudente aunque dolorosa decisión: marcharse de su equipo de toda la vida. El 26 de julio de 2010, ante cuatro gatos, recibió con agradecimiento un mísero acto de despedida por parte del presidente Florentino Pérez -que ya tiene un largo historial de maltrato y desprecio de otras figuras señeras del Madrid- y fue a fichar por un equipo alemán que estaba en los últimos puestos de la clasificación.

Después de dos años gloriosos, Raúl se va del Schalke con 40 goles, dos brillantes campañas europeas, una Copa y una Supercopa y lo deja en la tercera posición, una entrada directa en la próxima Champions.

En su último partido, (29-abril-2012) Raúl metió un gol y dio dos asistencias. En un estadio repleto hasta más no poder, el público coreó su nombre, lucieron pancartas que decían muchas gracias, señor Raúl y se repartieron camisetas donde en la espalda, sobre el número siete, en vez de Raúl aparecía la palabra Señor. Nunca mejor empleada esa palabra: todo un señor del fútbol, deporte donde abunda tanto patán.

Al final de ese partido, Raúl volvió al terreno de juego para el homenaje. Pero no volvió sólo, sino rodeado de sus cuatro hijos varones y con su pequeña niña en brazos o sobre los hombros. Una imagen que vale

por mil palabras. Todo un padre de familia numerosa, feliz, aclamado en un país que sufre la lenta desaparición de alemanes porque pocos se atreven a tener algún hijo.

Sí; toda una fiesta de valores. Amor matrimonial, trabajo bien hecho, agradecimiento, deportividad, humildad en el triunfo, familia numerosa asentada en un matrimonio estable. Valores infrecuentes, en medio de una cultura podrida, pero valores sólidos y eternos. Yo los aplaudo, yo estoy con ellos.

 

Luis Fernández Cuervo luchofcuervo@gmail.com

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