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Las consecuencias más importantes a nivel demográfico mundial, no serán las muertes por el COVID-19 en sí mismas, sino las provocadas colateralmente, y posteriormente en especial.

Las consecuencias más importantes a nivel demográfico mundial, no serán las muertes por el COVID-19 en sí mismas, sino las provocadas colateralmente, y posteriormente en especial.

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Recordemos que el control de población mundial no es algo nuevo. Ya en 1798 el controvertido clérigo anglicano Thomas Malthus había escrito un libro muy influyente titulado “Ensayo sobre el principio de la población”, en el cual este personaje planteaba su preocupación a nivel demográfico, basado en que la población crecía en proporción geométrica, mientras que los alimentos lo hacían en proporción aritmética. Dos siglos después, el polémico intelectual y político Henry Kissinger, retomó el tema plasmándolo en el famoso Memorándum 200 del año 1974, titulado “Implicaciones del crecimiento de la población mundial, para la seguridad y los intereses ultramarinos de los Estados Unidos”, que fuera desclasificado una década después.

En ese momento la preocupación de este otro personaje, era que en el año 2050 la población del planeta sobrepasara los 8.000 millones de personas, para lo cual proponía control de natalidad para 13 países: India, Blangadesh, Pakistán, Nigeria, Méjico, Indonesia, Brasil, Filipinas, Tailandia, Egipto, Turquía, Etiopía y Colombia. Si vemos que en 2020 somos 7.770 millones, es evidente la inquietud que debe haber en este momento en el gobierno de los EE.UU. del cual Kissinger aún forma parte (mismo que él no lo reconozca).

Como si todo esto fuese poco, en 2015 el mismo tema fue retomado por el pseudo-filántropo Bill Gates, quien en una conferencia afirmó que la población mundial debía reducirse a toda costa y por el medio que fuere. Sugestivamente, en esa charla este señor ya preveía que el mundo iba a enfrentarse a terribles pandemias. ¿Cómo lo sabía? Por simple casualidad, 5 años después el mundo se ve azotado por una peste proveniente de un virus modificado genéticamente y que se pretende hacer creer que surgió de una sopa de murciélagos.

La pandemia en sí, tiene un índice de letalidad bajísimo, por lo tanto no es ese el camino elegido por la élite globalista para eliminar población, tal cual lo insinuaban aquellos nefastos pensadores. Las muertes numerosas, sobrevendrán después de esta pandemia: suicidios inducidos por la gran crisis económica, muertes por diversas patologías de gente que no se podrá hacer atender en clínicas ni hospitales destinados a eventuales pandemias (esto ya está ocurriendo), muertos a manos de la creciente delincuencia debido al caos social derivado de la crisis económica, muertes por los efectos colaterales de las próximas vacunas dudosas y de carácter obligatorio, muertes por hambrunas, etc.

Y al margen todo de ésto, que ya de por sí es filo-satánico, existen otros proyectos non-sanctos ulteriores, como lo son: Estados policíacos que controlen sistemáticamente los movimientos y el comportamiento de la gente, implantación de un chip subcutáneo obligatorio para el monitoreo sanitario continuo de toda la población, imposición de monedas virtuales de dudosa convertibilidad con la consecuente desaparición del dinero físico, cierre de comercios y pymes para siempre con la obvia aparición de millones de nuevos desocupados, etc.

Después de todo lo expuesto, no cabe duda que la pandemia COVID-19 es simplemente la puerta de entrada a un mundo oscuro de características diabólicas que en menos de una década, estará habitado por la misma plutocracia ya existente, y muchísimos menos proletarios que serán tratados cual rebaño de autómatas.

Por Hugo N. Lilli – Politólogo, escritor y analista internacional argentino.

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