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La Pedrina: una mujer trans en la historia de Santa Ana

En el proceso de investigación sobre disidencia sexual y de género en la historia salvadoreña encontramos que el olvido de sujetos e identidades fuera del padrón binario heterosexual es una norma. El olvido, como política de la memoria, de forma simbólica se transforma en un asesino, que respaldado por el privilegio de la heterosexualidad que establece el qué recordar, ha intentado borrar la existencia de personas que escapan a dicho modelo en nuestro país, nuestras ciudades y nuestros territorios.

Ante este contexto, en el primer trimestre del año 2019 se ejecutó el proyecto: “Sacando la historia de los anaqueles”: rescate de fuentes documentales y orales sobre orientación sexual, identidad y expresión de género en El Salvador, por medio de la cooperación entre el Instituto de Medicina Social de la Universidad del Estado de Rio de Janeiro, el Centro Latinoamericano en Sexualidad y Derechos Humanos (CLAM) y el Centro de Estudios de la Diversidad Sexual y Genérica-AMATE El Salvador, teniendo por objetivo general la búsqueda, digitalización y transcripción de fuentes documentales primarias y relatos orales sobre orientación sexual, identidad y expresión de género en la historia salvadoreña entre los años 1875 hasta 1992.

Uno de nuestros mayores éxitos, fue que la búsqueda de fuentes documentales primarias y relatos orales logró realizarse fuera del área metropolitana de San Salvador, transformando a la ciudad de Santa Ana en un territorio de la memoria de la disidencia sexual y de género. Ese proceso de búsqueda, que lo podemos enmarcar como exploratorio, nos trajo a la vida a un mítico personaje ampliamente reconocido por más de 40 años en la ciudad morena: La Pedrina.

La Pedrina, nació el 30 de enero de 1928, siendo originaria del Cantón Natividad, Santa Ana. Sus padres fueron Leoncio Escobar y María Olaya Sandoval, fue el sexto de nueve hermanos y legalmente registrado como Pedro Sandoval.

Existen pocos registros documentales de La Pedrina, no obstante, se sabe que a la edad de 14 años incursionó en las actividades circenses, donde cantaba y bailaba. Por esta situación, pudo conocer Honduras y Guatemala. Cuando esa etapa de vida nómada finalizó, decide dedicarse a lavar ropa y asumir una identidad femenina permanentemente (Estrada & Valencia, 1996).

La Pedrina desenvolvió el oficio de lavandera, su lugar de trabajo fueron las vertientes de El Molino, calle al Cantón Natividad. El Molino, donde La Pedrina y otras mujeres lavaban, se ubicaba en dirección al cementerio, por lo cual cuando las personas que acompañaban las carrozas fúnebres obligatoriamente tenían que pasar por este lugar observaban a las mujeres que lavaban, y entre ellas destacaba La Pedrina por su típico gorro rojo. Su principal clientela fueron las señoras del Mercado Colón.

Su “fama” al parecer no fue por el hecho de asumir una identidad de género femenina, sino más bien la adquiere por el buen trabajo que realizaba lavando la ropa, lo cual producía un efecto en cadena, ya que más personas le entregaban ropa y su fama por el buen trabajo que realizaba se confirmaba y era expandida.

El lugar que utilizaba en El Molino para lavar, siendo su puesto de trabajo, lo mantenía limpio, muchas veces ella era quien retiraba el zacate y otras hierbas donde tendía y si ella no lo podía hacer pagaba a otra persona para que lo hiciera. Esta situación en más de una ocasión le acarreo disgustos, ya que otras personas que lavaban en el río querían ocupar el lugar que La Pedrina mantenía limpio, abusando del trabajo que ella realizaba. No obstante, si una de las mujeres que estaban lavando en el río le pedía permiso para tender la ropa en parte del lugar que ella ocupaba, en muchas ocasiones ella accedía cortésmente a la petición.

La Pedrina solía usar maquillaje en las mejías, muchas veces exageradamente y de vez en cuando vestido. Aunque era notoria su identidad femenina, según palabras de Alejandro Pineda, ante cualquier injuria u ofensa promovida por su expresión e identidad de género, el agresor debía de estar preparado para la respuesta que La Pedrina podría proporcionar utilizando sus puños y cuerpo, ya que podía pelear y defenderse a “puño limpio” contra sus agresores. Sin embargo, lo que más recuerdan habitantes de Santa Ana, era que La Pedrina ante insultos que proferían tanto niños, adolescentes y hombres agarraba piedras y las lanzaba contra sus injuriadores.

Las injurias y molestias que recibía La Pedrina eran variadas. Por ejemplo, al pasar desde un vehículo le podían gritar “Pedro te vas a mojar los huevos” y en otro momento adolescentes podían gritarle: “Te van a comer los irayoles los chímbolos”. En ambas injurias se puede observar como el biologismo es interaccionado para disminuir la condición de ser humano de La Pedrina por manifestar una expresión e identidad de género no congruente con el cuerpo biológico con el cual nació. Anudado a lo anterior, cada uno de esos insultos hacen referencia peyorativamente al oficio de lavandera que desempeñaba La Pedrina.

En la construcción de la masculinidad tradicional no se puede concebir que un hombre pueda desempeñar una función adjudicada tradicionalmente a las mujeres. Ambas injurias refuerzan esa concepción. La primera es más explícita: “Pedro te vas a mojar los huevos” y no requiere mayores comentarios. En cuanto a la segunda: “Te van a comer los irayoles los chimbolos”, requiere algunas consideraciones por utilizar un lenguaje coloquial que posiblemente sólo en El Salvador se comprenda dicha injuria. Irayoles hace referencia al fruto del árbol Genipa americana, el cual se presenta de forma ovoidal y de coloración exterior parda; lo cual evoca la forma de los testículos masculinos. La palabra chimbolos hace referencia a minúsculos peces que habitan en los ríos y quebradas. Vemos como ambas injurias menoscaban la expresión e identidad de género autoasumida.

Entre las anécdotas del trabajo de lavandera, La Pedrina recordó: “una vez tenía mucho trabajo, intentó lavar como a las doce de la noche cuando llegó al río vio a una mujer de cabellos largos totalmente vestida de negro y salió corriendo despavorida porque había visto a la Siguanaba” (Estrada & Valencia, 1996).

Quien la conoció, recuerda sobre La Pedrina que su expresión e identidad de género no disminuían sus cualidades como ser humano, ya que quienes tuvieron la coincidencia de ir junto a ella en la Ruta 50, ya sea cuando iba o regresaba de El Molino, mencionan que era muy amable, alegre y disfrutaban de su conversación.

La Pedrina afirmaba que tenía un tío con el grado de coronel, sin embargo, no se sabía de visitas familiares en aquel cuarto donde residió la mayor parte de su vida. Vivió sola hasta el día de su muerte. Se sabe que la comunidad era quien le ayudaba a sobrevivir, llevándole comida y prestándole la andadera y la silla de ruedas que usara hasta el día de su muerte. Por parte de un amigo y vecino de La Pedrina se sabe que la osteoporosis mermó su salud llegando al punto de no poder salir de su cuarto.

En noviembre de 2013, tras especulaciones de un paro cardiaco y sin asistencia médica muere La Pedrina a la edad de 85 años. Su muerte fue igualmente un sinónimo de olvido, ya que la encontraron “embrocada” en su andadera con dos días de fallecida.

El estar integrada económica y socialmente en la ciudad de Santa Ana desarrollando el oficio de lavandera y sin la forzosa necesidad de recurrir al trabajo sexual como medio de sobrevivencia; puede ser el factor que haya permitido que La Pedrina llegase a la edad de 85 años, a sabiendas que el promedio de vida de una mujer trans en este momento es de 33 años al interior del país.

En definitiva, La Pedrina resulta un caso particular en la historia de Santa Ana, puesto que su existencia no es ajena a la mayoría de la ciudadanía santaneca.

Grandes y chicos saben de ella, unos por haberla conocido y otros por escuchar a los anteriores. De ahí la importancia de tradición oral en la construcción de la memoria histórica de cualquier territorio.

Sabemos que la reconstrucción de la memoria histórica de cualquier grupo humano y territorio es un proceso colectivo; lo que presentamos en este momento es el inicio de una historia más amplia, así que invitamos a quien conozca más del caso de La Pedrina u otra persona que escapara al modelo heterosexual binario en municipios, cantones y caseríos en los diferentes departamentos de El Salvador darnos aviso de su existencia. Sacar del armario de la invisibilidad histórica a las personas salvadoreñas LGBTI+ es una tarea colectiva, cualquier colaboración es bienvenida y agradecida.


Amaral Arévalo: Postdoctorado en Medicina Social/Universidade do Estado do Rio de Janeiro. amaral.palevi@gmail.com

Ricardo Menjívar: Licenciado en Ciencias del Lenguaje y Literatura/Universidad de El Salvador. dr.mp@hotmail.com

REFERENCIA:

Estrada, G. & Valencia, M. (1996). Monografía de Santa Ana (Monografía inédita). Santa Ana: Casa de la Cultura.

Por: Amaral Arévalo y Ricardo Menjívar*

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