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LA CEIBA DE METAPAN

 

Viejo monumento vivo, se yergue majestuoso en la plaza del pueblo y ha contado los siglos uno a uno,  Conoció a los primeros pobladores de San Pedro y ha visto su progreso desde el día que se fueron agrupando sus casitas de paja en torno suyo.

Fue primero una hacienda, después un caserío y a mediados del siglo XVII, pueblo fundado por el sacerdote don Bernardo de Avilés y el Coadjutor don Fernando Cobo Vargas, en Agosto de 1763.  Su título de villa fuer acordado or la Asamblea Constituyendo reunida en Guatemala en 1823, como premio por su lucha en favor de la Independencia de Centro América y fue ciudad en 1861, título ganado por su defensa heroica contras las huestes de Carrera, Presidente de Guatemala.

Veinte generaciones de muchachos retozaron bajo la sombra fresca de sus ramas, llenando de alegría los contornos con sus gritos y sus risas.  Ahí se divirtieron en un tiempo aquellos niños escogidos por Dios para un futuro grande: Isidro Menéndez, Ignacio Gómez, José María Luna, Gregorio Arbizu, Miguel Giménez Leal, Timoteo Menéndez, Samuel Luna, Valerio Luna, etc.  Veinte generaciones han llegado a descansar bajo su tronco añoso, ancianos ya a recordar sus días infantiles, sus sueños de muchachos, sus luchas con sus triunfos o fracasos de sus vidas maltratadas por los años.

Ahí junto a su tronco fueron fusilados aquellos invasores del indio analfabeta de Mita, capitaneados por los hermanos Hernández en 1862, que asaltaron al pueblo desarmado y mataron a los bravos que hicieron resistencia defendiendo sus hogares.  Los otros huyeron, no por cobardía, que cobardes no nacen en el pueblo, sino por prudencia, con el fin de organizar la defensa. Y tomaron.  Cuando aquellos invasores, ebrios por el triunfo fácil, se dieron al saqueo y bebieron los vinos y licores de las tiendas y el aguardiente de las cantinas y violaron las mujeres y robaron todo aquello que pudieron; vencidos al fin por el alcohol y l fatiga, se durmieron en las calles y las casas abandonadas, volvieron los habitantes desarmados y con las mismas armas de los vencedores, les dieron muerte a unos, apresaron a los cabecillas y los otros huyeron espantados.  Aquellos que cayeron prisioneros fueron sentenciados a muerte y cayeron abatidos por las balas junto al tronco legendario y corpulento.  Absorbió el suelo seco aquella sangre de piratas y nutrió al árbol milenario.

Los hombres acarrearon los primeros materiales para el templo, descansaron a su sombra y sus ramas y sus hojas, vieron cómo aquella obra se iba levantando cada día, cada año hasta ser terminada hace más de dos siglos (11 de Junio 1743) y ha visto desde entonces llegar a arrodillarse a sus altares con el alma atribulada de congojas y salir más tranquilos de conciencia después de haber orado a muchas generaciones de fieles y devotos.

Y así como la ceiba fue testigo de la fundación del pueblo y de su lento progreso, así es testigo hoy de su destrucción.  Ya no hay casas al lado poniente de la calle que antes se llamó telégrafo; ya no hay casas en la otra conocida por calle de las parejas, muy pocas han quedado del lado del Calvario.  Barridas fueron por las aguas del rio ante la indiferencia de los Gobernantes impasibles ante la ruina de un pueblo, del cual la Patria debería sentir orgullo, por los hombres que nacieron en su suelo, por su oportuna colaboración a las grandes causas de la Patria y por su heroísmo en los momentos aflictivos.

Ya cayeron muchas casas, y este templo donde han orado nuestros antepasados por más de diez generaciones, espera el turno de ser demolido por las aguas.  Espera el tuno también el teatro que construyó aquel soñador metapaneco  Rómulo Sosa, donde nuestros padres y aun nosotros, aplaudimos su labor de artista; y aplaudimos también a muchos aficionados nacidos en el pueblo y escuchamos también algún aplauso por nuestra actuación ya que comedís infantiles, ya en actos públicos o artísticos.  Espera el turo la casa del convento, escuela en otro tiempo.  Ahí un Pedro Escoto y un Rodrigo Leiva, enseñaron las primeras letras a muchas generaciones de muchachos que fueron o son hoy profesionales distinguidos que prestigian a la Patria.  También lo espera la casa solariega del abuelo, donde nacimos y pasamos los primeros años infantiles entre juegos y caricias maternales.

Ya vivimos bastante, y hemos visto el progreso y la lenta destrucción de nuestro pueblo. No veremos el final, la destrucción total señalando a las generaciones futuras donde estuvo el pueblo del cual dirá la historia que se fue destruyendo poco a poco ante la indiferencia de los Gobernantes, sordos al clamor de sus moradores angustiados.

Habrá algún sobreviviente que dirá: Aquí estuvo el templo colonial, aquí el teatro, allá el Calvario y el parque al lado, donde tal vez haya resistido los efectos de la ruina, el busto de Isidro Menéndez, con lágrimas en sus ojos de mármol al contemplar la destrucción de su pueblo natal.

Tal vez entre las ruinas de la Iglesia quede en pie la elegante fachada y allá arriba, muy arriba, colgará todavía la campana conque Fernando VII obsequió al pueblo, y las otras que fueron fundidas aquí en el pueblo por aquel Valerio Luna, ultimo fundidor que explotó  los minerales de su hacienda San José.  Y aquellas campanas que llamaron a los fieles a la oración con alegre y sonoro tañido, serán una muda acusación a los Gobernantes que dejaron perder el pueblo, cuyos nombres pasarán a la historia con el voto de censura de su último tañido y la punta más alta de ese templo, será el dedo acusador que los señale.

 

Tomado del libro METAPAN, LA CIUDAD MARTIR escrito por Gilberto Valiente, miembro del Comité Pro Salvamento de Metapán.

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