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Dios, el mal y el sufrimiento

LUIS FERNÁNDEZ CUERVO

Hay gente que dice que la existencia de Dios no se puede probar. Muchos de éstos se confiesan pacíficos agnósticos y consideran fanáticos, tanto a los que creen en Dios como a los ateos que pretenden probar que no existe. Tienen razón, si por “prueba” piensan en algo de evidencia física. Son discípulos, sin quererlo, del apóstol Tomás que no creía en la resurrección de su Maestro, mientras no metiera sus dedos en las llagas de las manos y el costado de Jesús.

Pero, sobre Dios, ¿esa es toda la evidencia posible? Además, los agnósticos ¿no padecen de superficialidad y comodidad vitales? Porque el hecho es que son los ateos duros los que plantean las preguntas más profundas sobre Dios, el universo, la muerte, el mal y el sufrimiento. Preguntas estremecedoras, de difícil respuesta, pero de palpitante actualidad.

Sobre el universo sabemos, o creemos saber, muchas cosas: cuántos millones de años tiene de existencia, cómo se desarrolló a partir de “la edad madura de una millonésima de una billonésima de segundo”. La astrofísica talvez podrá adelantar algo más antes de ese momento, pero siempre se saldrán de su campo las preguntas esenciales: ¿por qué existe el universo en vez de no existir nada? ¿Por qué hay tanto desastre y desgracia en nuestro mundo?

Sobre la existencia del mal y sobre la muerte de todos los hombres, Sócrates, que siempre creyó en la inmortalidad del alma, planteó ya que si con la muerte acabase todo, eso sería muy ventajoso para los malvados. Y sobre la existencia de Dios y el misterio del Mal, una primera respuesta viene incluida –como la yema cerrada que pronto se abrirá en flor y cuajará después en fruto– dentro de otra pregunta: ¿Por qué tenemos conciencia moral? Es famosa la frase del filósofo Manuel Kant: «Dos cosas me llenan de admiración: el cielo estrellado fuera de mí, y el orden moral dentro de mí». Esa misma experiencia de tener conciencia moral fue el primer paso que llevó al director del proyecto “Genoma Humano”, el ateo Francis S. Collins, a su conversión al cristianismo.

Pero será Juan Pablo II quien planteará con toda crudeza el misterio del Mal en el mundo cuando responde así a las preguntas de Vittorio Messori en el libro “Cruzando el umbral de la esperanza”: « ¿Cómo ha podido Dios permitir tantas guerras, los campos de concentración, el Holocausto? ¿El Dios que permite todo esto es todavía de verdad Amor, como proclama San Juan en su Primera Carta? Más aún, ¿es acaso justo con Su creación? ¿No carga en exceso la espalda de cada uno de los hombres? Tantos enfermos incurables en los hospitales, tantos niños disminuidos, tantas vidas humanas a quienes les es totalmente negada la felicidad humana corriente sobre la tierra, la felicidad que proviene del amor…» Y a continuación añade: «Dios ha creado al hombre racional y libre y, por eso mismo, se ha sometido a su juicio. La historia de la salvación es también la historia del juicio constante del hombre sobre Dios. No se trata sólo de interrogantes, de dudas, sino de un verdadero juicio».

Y Juan Pablo II se responde a estas preguntas con el escándalo de la Cruz y con el hecho de que Jesucristo es «el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, un Dios que comparte la suerte del hombre y participa de su destino (…) Dios no es solamente alguien que está fuera del mundo, feliz de ser en Sí mismo el más sabio y omnipotente. Su sabiduría y su omnipotencia se ponen por libre elección, al servicio de la criatura. Si en la historia humana está presente el sufrimiento, se entiende entonces por qué Su omnipotencia se manifestó con la omnipotencia de la humillación mediante la Cruz. El escándalo de la Cruz sigue siendo la clave para la interpretación del gran misterio del sufrimiento, que pertenece de modo tan integral a la historia del hombre. (…) Dios se pone de parte del hombre. Lo hace de manera radical: “Se humilló a sí mismo asumiendo la condición de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (cfr.Filipenses 2,7-8). Todo está contenido en esto: todos los sufrimientos individuales y los sufrimientos colectivos, los causados por la fuerza de la naturaleza y los provocados por la libre voluntad humana, las guerras y los gulag y los holocaustos, el Holocausto hebreo, pero también, por ejemplo, el holocausto de los esclavos negros de África».

Si hoy abunda la gente que no cree en Dios, o que incluso lo odia, es principalmente porque se ha perdido el valor que para el amor verdadero , total, tienen el sacrificio y el sufrimiento.

luchofcuervo@gmail.com

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